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ESCUELA FREUDIANA DE LA ARGENTINA

Fundada por Oscar Masotta en 1974

A 40 años de la Proposición de octubre de 1967

Octubre de 2007,  Consejo de Escuela, Escuela Freudiana de la Argentina

El pase, ¿responde o no a una necesidad de discurso?

Lacan instituye el pase como necesidad de discurso a partir de la formalización “de lo que al final del análisis llega a darse a saber”: “En su deseo, el psicoanalizante puede saber lo que él es. Pura falta en tanto que (-fi), es por medio de la castración, cualquiera sea su sexo, que encuentra el lugar en la relación llamada genital. Puro objeto en tanto que (a), él obtura la hiancia esencial que se abre en el acto sexual por funciones que calificaremos de pregenitales. Yo demuestro que esa falta y ese objeto tienen igual estructura.” (J. Lacan, Proposición de octubre, p.21)

En la Proposición, Lacan intenta abordar el paso del analizante a la función del psicoanalista por una vía que no es la de saltearse ese paso por la vía de la identificación. En este sentido, Lacan formaliza la clave de ese paso apuntando a disipar las tinieblas que envuelven, no a la formalización en sí, sino a las propias del caso tomado uno por uno.

 Respecto del pase como necesidad de discurso, nominación se opone a identificación, porque si bien cualquiera puede ocupar el lugar del analista, no cualquiera está afectado por el deseo del modo necesario para poder ocuparlo. No hay representación del analista, al menos no hay representación que no traicione lo que instituye su función como semblant del objeto a en el discurso del analista. Fueron necesarios tres años más para que Lacan escribiera este nuevo discurso como recién llegado al concierto de los discursos, lo cual le permitió escribir los otros tres y la lógica que los articula.

“Que en el final de la partida se encuentre la clave del paso de una de las dos funciones a la otra —del psicoanalizante al psicoanalista—, es algo exigido por la práctica del psicoanálisis didáctico”. (Idem, pág. 21)

Es importante notar que “analista” es un término que designa distintas cosas en la práctica de discurso que es el análisis: por un lado, designa el deseo que, ofrecido como objeto, sostiene la transferencia a partir del sujeto supuesto saber; por otro, designa, hacia el final de la partida, el resto o el des-ser que, “con una denotación gramatical, llamaríamos el participio pasado del verbo”, y que constituye su sabido insabido; y por lo mismo, designa también la destitución subjetiva a partir de la cual el “eclipse del saber” reaparece en lo real. (Idem, p.22)  Ahora bien, hablar del pasaje del lugar del analizante al lugar del analista tiene el inconveniente de llevar a suponer dos sujetos en la cuestión, cuando expresamente no se trata de eso en el sujeto supuesto saber ni en el discurso del analista. No se trata de una cuestión intersubjetiva ni de una iniciación, no es que un sujeto suponga otro, sino que el sujeto es siempre destituido por otro en tanto significado de la pura relación significante. Es lo que hace que se trate de una formalización y no de una formalidad.

Del sabido del analista —a entender en voz media— no se quiere saber nada y muy poco se puede saber.

Es sabido que actúa como no saber, pero eso no implica ninguna fe ciega sostenida en alguna revelación. En este sentido, el sabido del analista preserva al que llega a ocupar ese lugar de creerse saber el saber supuesto, y de ese modo, le permite esperar para producir, llegada la ocasión, el único saber oportuno.

Por otra parte, debemos considerar que es recién a partir de la destitución subjetiva que el analista se autoriza de él mismo y con algunos otros, frente a los cuales da testimonio del “goce intolerable” que implica el a que fue para el deseo del Otro.

No por nada Lacan señala que el psicoanálisis despierta un enorme respeto social, y que ese respeto paradojal se debe a que se trata de una disciplina que no se produce sino por el semblant, y con un producto que cae al mismo tiempo que el semblant que le da lugar. En este sentido, cierto es que el psicoanálisis bien puede ser de lo más inofensivo, pero también es cierto que puede ser de lo más peligroso, pues, por lo mismo, puede hacer temblar los semblants que sostienen a la religión, la ciencia o la política, es decir, a todo lo que disimula la economía del goce: “Sólo el psicoanálisis abre a lo que funda esta economía en lo intolerable: el goce que yo digo”. (Discurso del 6 de diciembre de 1967) El análisis abre a esa economía y la cierra al mismo tiempo, fusionándose de nuevo con el semblant, pero un semblant tan desvergonzado, producto de esa apertura momentánea a lo intolerable, que mete miedo y llega a intimidar. Pero esto no significa que el analista, cualquiera sea, no crea en lo que hace, porque no hay que olvidar que la creencia es el semblant en acto. Entonces, incluso a pesar de que se crea no creer, “en lo que se hace profesión de fingir”, basta que suceda algo para que uno se de cuenta de que cree más de lo que creía creer, lo cual, como decíamos, siempre mete miedo, asusta, y mucho.

Y por supuesto, el analista no escapa a ese temor, tal como revela que, justamente con el pase, pase algo de esto en el medio psicoanalítico: que asusta. Claro que no por el imperativo social de formar o reproducir analistas, al cual mal o bien todos se ajustan, sino por el imperativo pulsional que hace del deseo del analista una imposición propia de la estructura de los discursos. Una imposición que, por otro lado, siempre se olvida.

Lacan afirma que el grupo es imposible para los psicoanalistas en razón del discurso que los sostiene. Y el pase, como necesidad de discurso, se anuda directamente con esa imposibilidad, asi como la notable necesidad del chiste, en el ser hablante, se anuda directamente con la incompatibilidad del deseo con la palabra.

Y al respecto, el significante “escuela”, en el discurso de Jacques Lacan, designa justamente lo imposible del grupo para los psicoanalistas. Porque la Escuela se asienta sobre ese real, el

mismo que el de la experiencia analítica, pues el discurso del analista “puede precisamente fundar un lazo social limpio (exento) de toda necesidad de grupo”. De ahí que Lacan pretenda proscribir de su Escuela toda vida de grupo, a la par que, al mismo tiempo, proponga cartel y pase para su funcionamiento. Pues si bien puede hablarse de la Escuela como un lugar que hace posible operaciones lógicas y discursivas respecto del malestar, no se trata por eso de que el agrupamiento de los analistas funcione, para cada uno de ellos, como un consuelo por la soledad que implica su función. 

Para entrar al discurso del psicoanálisis. Freud/Lacan articulación "Nuevas aportaciones acerca del síntoma"

Proxima clase: viernes 16 de junio

Orientación: Anabal Salafia

Columna de autor

Textos, escritos y presentaciones

de los miembros de la EFA

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