6 de mayo de 1856: El nacimiento de Freud – El inconsciente a la huella

 

Recordar el nacimiento de Freud, ocurrido el 6 de mayo de 1856 es h(a)cer memoria, en ese acontecimiento, de ese modo de saber especifico que Freud hizo entrar en el mundo. Esa forma de memoria particular que incluye la función del olvido como signo de verdad.

El saber y la verdad que Descartes separa, fundando el pensamiento moderno, y Freud articula al deseo.

Un saber que no se sabe a sí mismo, y por escucharse señala una relación a la verdad del deseo.

Freud nace en un tiempo de conmoción; la felicidad es una idea nueva en Europa, tras años de guerras, masacres, en diferentes lenguas y costumbres los hombres reclamaban la abolición de regímenes monárquicos, y bregaban por la propagación de los idearios de la revolución francesa, la revolución industrial los avances en el campo de la ciencia.

Las dificultades de la economía obligan a su familia a trasladarse a Viena, marcan el comienzo de su vida y dejaran huellas. Orientarán su búsqueda.

Así como las amadas piezas de arqueología ocuparon su entorno de trabajo, como testimonios de la historia de la humanidad, así el tiempo vivido en cada historia recogida del relato de aquellos que se pusieron a hablar con Freud han hecho que el Psicoanálisis tome forma en los avatares de la vida de cada sujeto en los lazos sociales.

El hablar a otro, es la materia que da lugar a que el Psicoanálisis como discurso sobreviva y anime nuestro qué hacer. Ese hablar a otro, hacerse escuchar muestra y demuestra, si hay acto analítico, que en lo que se dice algo queda excluido, algo se sustrae y da para suponer una guarida para el sujeto en la que ese modo de saber inconsciente se enlaza en transferencia, por amor y repite allí lo que con la lengua materna hizo cuerpo que habla. Inconsciente, repetición, transferencia, pulsión; términos que dan fundamento a nuestro acto.

La presencia de Sigmund Freud, su descubrimiento ha cambiado las cosas de rumbo. Cada año que recordamos su fecha de nacimiento nos coloca ante la enormidad de su producción, la agudeza de su escritura, la forma en que la polémica, el amor a la verdad, la práctica de la interrogación llevada al estatuto de una Ética, se transmite en la formación de los analistas.

Sexo y muerte nombran lo imposible en el completamiento del saber. Es de ese imposible que Lacan inventa Su real, de esa hiancia del inconsciente que Freud echó a rodar.

No es sin Freud, sin su antecedencia que J. Lacan se pone a leer ese relato, «en busca de autor» como diría Pirandello cuando articula la relación entre ficción y realidad en el fantasma lógicamente articulado.

Es contando con esa antecedencia que podemos considerar a Freud como fundador de discursividad.

A mi entender considerar el Psicoanálisis como discurso despeja ese efecto de sentido, que resiste a la transmisión, que es el efecto superyoico con correlato religioso.

Requiere que cada uno crea en su decir, el decir de Freud y haga de su acto, autorización de su lui meme. Un reinventar el psicoanálisis y se forme de su acto en el recorrido de ese retorno a Freud que Jaques Lacan ha sabido hacer, generar y transmitir; ese retorno del que nuestra formación no puede ni debe prescindir.

Noemí Sirota
Mayo de 2025